La otra orilla

Esta tarde había quedado con algunos amigos para nadar en la playa de la Barceloneta (Barcelona). Al llegar el viento soplaba con fuerza y las olas batían fuertes y desordenadas. El mar estaba revuelto.

Rosa y yo decidimos acercarnos a la orilla y valorar si era factible nadar. En ese momento salía del agua un surfista, nos dirigimos a él para saber cómo estaban las corrientes. Fue cuando nos enteramos de que no había salido por el estado de la mar, lo que le había puesto en peligro eran los golpes que recibía de los desechos de nuestra abundancia.

Regreso a casa. Un poco más allá, en la misma orilla, cientos de hombres, mujeres y niños han perdido su vida. La desesperación les ha traído demasiado lejos; sus sueños y esperanzas han naufragado ante la impotencia de las gentes de la mar que luchaban por salvarlos. Ahora, esas gentes podrían tener que responder ante la ley por ayudar a inmigrantes ilegales.

Un ya muy cansado papa Francisco decía «sólo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza».

Hoy nadar no hubiera sido un placer. Hoy sentimos la vergüenza de saber que la otra orilla está aquí para mostrarnos la imagen de lo que también somos.

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